Una mañana de domingo como cualquier otra (aunque sabemos que ninguna mañana es como cualquier otra) decidí quedarme a desgastar los minutos acostado en mi cama. Estando en esta noble actividad me di cuenta de que estaba terminando una semana más, y sin saber porqué comencé a hacer un recuento de lo sucedido durante los seis días anteriores.
La pequeña travesía comenzó en la tarde del martes, pues del lunes no recordé nada significativo y la mañana del martes no trajo ningún sobresalto. Lentamente traté de rememorar los sucesos, buscando algo especial, algo excepcional que hubiera dotado aquellos días del dulce sabor de la existencia. Nada. Con un gran esfuerzo indagué en el miércoles, exprimí el jueves e interrogué al viernes, sin encontrar mayor cosa. Hallándome ya presa de una explicable desesperación rogué al sábado por un alivio, pero me sonrió socarronamente mientras rechazaba mi petición.
En ese instante comprendí que había dejado ir intacta una semana de mi vida, y la resignación se transformó en amargura, en tristeza por aquellos días a los que no les brindé nada, aquellos días que me abandonaron con una larga mirada de lástima.
Me explico: no es que durante esa semana no haya hecho en efecto absolutamente nada. Sí, fui a mis acostumbradas clases de derecho, asistí a un irrisible trabajo de dos horas diarias, leí algunas palabras de un pensador danés del siglo XIX… ¿Y? Aquella semana estuvo totalmente ausente de acontecimientos memorables.
¿Qué es un acontecimiento memorable? No estoy hablando de una gran noticia, un hecho heroico o histórico… al fin y al cabo ¿Cuál es el porcentaje de personas en el mundo que alguna vez en su vida es protagonista de una noticia? No. Para mí un acontecimiento memorable no se reduce a las banalidades de la publicidad y las concepciones mayoritarias de éxito y superación personal, un acontecimiento digno de recordar va más allá de las apariencias y las ocupaciones, más allá del bien y del mal, supera tus marcos normales de existencia y enaltece tu subjetividad.
Y es que en ocasiones un cinco en un examen puede ser muy satisfactorio, pero ni siquiera puede asemejar la catarata de sensaciones que te arrollan cuando sin esperarlo tus ojos se encuentran con los de ella en una mirada furtiva. ¿Hace cuánto que no robas un beso, regalas una flor, admiras el vuelo de un pájaro, te tomas un espacio para sentir la lluvia acariciar tu rostro, o le dices a un amigo que lo quieres?
Hoy te invito precisamente a tomarte un respiro, a salir del la lógica de la sociedad mayoritaria (que de “lógica” no tiene nada), y gozar de las grandes cosas de la vida (que nos han vendido como “las pequeñas cosas”), y a no dejar que en tu vida, como dice Mafalda, lo urgente quite tiempo para lo importante.
Para despedirme te pregunto: ¿Cuál fue tu gran acontecimiento memorable de la semana?
domingo
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