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lunes
Elegía de una mente brillante
"Puede ser que haya otro mundo dentro de éste, pero no lo encontraremos
recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas,
recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas,
no lo encontraremos ni en la atrofia ni en la hipertrofia.
Ese mundo no existe, hay que crearlo como el fénix."
Julio Cortázar
El escritor vivía en un vecindario tranquilo de una ciudad cualquiera de un país cualquiera (¿En realidad importa precisarlo?), rodeado de calabozos de papel, sueños embalsamados, alegrías encriptadas y suntuosas alegorías. Su cabeza era el hogar de criaturas fantásticas, de extraños parajes de mundos sin descubrir, de letras ansiosas de escapar de las anclas que las ataban a los libros.
Un día cualquiera, después de cientos de escritos, novelas y cuentos, teatro y ensayos, una infinidad de pequeñas victorias, decidió crear su obra maestra. La síntesis de su vida, el compendio total de su ideología, sus sueños y sus tristezas. La gran obra literaria que plasmaría su espíritu creador, aquella maravilla para la que había sido concebido… Su verdadera justificación.
El tomar la decisión no fue nada sencillo: se preguntaba si habría alcanzado la madurez para iniciar tan titánica tarea, si sería capaz de hacer que su pluma venciera todos los obstáculos, las limitaciones y laberintos que lo alejaban de ella. Se empecinó en buscar la perfección, la completitud y la ilimitación de su obra.
Empezó una tarde de octubre, lluviosa, incesante, pálida y desconcertante. Una tarde así era la indicada, era perfecta, era su musa hecha tiempo, transformada en nubes, en gotas, en viento.
Silencio… se enclaustró en su habitación por horas… (¿O días, semanas, meses?) Cuestionó sus conceptos, sus principios, sus métodos. Se negó rotundamente la posibilidad de dejar algo al azar, al indefinible accionar de la providencia, hasta la última letra debería emanar racionalidad, erudición, arte, vida. No entregarse completamente al simbolismo, entonar valientemente la lírica, no exagerar en la descripción, acariciar el amor, el odio, la desidia, la muerte. Su obra debería filosofar, sentir, pensar, entorpecer, perder, enredar, confundir y salvar.
La primera palabra: Nada. Escribió diez páginas de un golpe, y llegó a la primera palabra: nada. Estaba perdido, desolado, no se le ocurría nada… o sí, se le ocurrían muchas cosas: la suavidad de una mejilla, la brillantez de una muela, el rumor del viento luchando por entrar a su habitación; pero claro, nada lo suficientemente digno o valeroso para hacer parte de la espléndida creación. Todo fútil, banal e irracional. Se sumió en la desesperación. Salió.
Vagó durante días por las calles, buscando inspiración, buscando algún suceso digno de ser narrado, alguna sensación privilegiada, algún milagro secreto.
Primero vio un rayo de sol mientras era atrapado por un cristal, maniatado, despedazado, hasta que por fin logró salir, ya hecho jirones, aturdido y convertido en arco iris. –Esto es lo que andaba buscando- pensó. Trato de tomar ese glorioso momento, analizarlo, plasmarlo en las palabras correctas, estudiarlo y canalizarlo, se esforzó, pensó y pensó, sin lograr exprimir ni una gota de la esencia del pequeño pedazo de sol. Decepcionado, se dio por vencido y siguió caminando.
Al rato vio cruzar un anciano por su lado, un hombre pequeño, jorobado, con pelo blanco como la nieve y con un bastón en su mano derecha. Sin prestar mayor atención siguió su camino, y se cruzó con un anciano, un hombre pequeño, jorobado, con pelo blanco como la nieve y con un bastón en su mano derecha. Sorprendido, creyéndose víctima de algún embrujo, buscó con la mirada al primer anciano. Allí estaba, dos metros por delante del segundo, se detuvo a esperar a su compañero y le dijo algunas palabras ininteligibles.
-Esto sí es curioso- se dijo el escritor para sí. ¡De este evento afortunado podrían escribirse capítulos enteros! Trató de interiorizar la situación, estudió las variables literarias que podría utilizar, un encuentro, un espejo, todo un problema mental, un sueño, una pesadilla. Derrotado, descubrió que no se le ocurría nada. Defraudado, buscó el camino a casa.
A punto de llegar a su buhardilla, escuchó un rumor, casi un suspiro. Se inclinó y vio un pequeño pájaro, una avecilla sobre el suelo, embarrada y al parecer muy lastimada. Se agachó a su lado y la levantó suavemente, observó sus plumas, su pico, sus alas retorcidas… estaba muriendo. Detalló cada parte de su cuerpo, escuchó sus dulces y a la vez macabros quejidos. La llevó a su pecho y la arrulló, justo en el instante en que sintió su último latido, acompañado de su último respiro. El escritor no pudo más que emocionarse, el destino le daba otra oportunidad, otra increíble posibilidad de enriquecer su obra maestra.
Pensó. Trató de imaginar la tristeza que debe inundar el alma cuando se siente un ave morir en su pecho (no se dio cuenta que estaba tan obsesionado con su literatura que ni siquiera había lamentado sinceramente el deceso del pequeño zuro). Se esforzó por describir los lamentos, la muerte rozando su cuerpo, el viento enrarecido de los pulmones del animal. No pudo.
Con lágrimas en los ojos (no por el ave, sino por su creación literaria) el escritor entró corriendo a la casa, ajustó la puerta y se echó a llorar. No entendía qué estaba haciendo mal, porqué las palabras no le salían, porqué lo sometía la mezquindad, el aroma de lo preconcebido, la inutilidad.
Perdió la cabeza, bloqueó puerta y ventanas, y se dedicó a escribir su infecunda obra, desesperado e iracundo. Pasó allí días, semanas, meses, nadie sabe exactamente cuánto tiempo. Sus restos fueron encontrados dos años después, putrefactos y carcomidos, tumbado sobre la mesa de escritura una tarde de octubre, lluviosa, incesante, pálida y desconcertante.
Sobre la mesa se hallaron diez páginas que alguna vez contuvieron el inicio de una obra maestra, pero que ahora sólo eran diez páginas indescifrables, tachadas al parecer en un arrebato de cólera, y a su lado una nota escrita sobre la madera: “Que sería del hombre si el tiempo que pierde pensando, lo aprovechara sintiendo”
El tomar la decisión no fue nada sencillo: se preguntaba si habría alcanzado la madurez para iniciar tan titánica tarea, si sería capaz de hacer que su pluma venciera todos los obstáculos, las limitaciones y laberintos que lo alejaban de ella. Se empecinó en buscar la perfección, la completitud y la ilimitación de su obra.
Empezó una tarde de octubre, lluviosa, incesante, pálida y desconcertante. Una tarde así era la indicada, era perfecta, era su musa hecha tiempo, transformada en nubes, en gotas, en viento.
Silencio… se enclaustró en su habitación por horas… (¿O días, semanas, meses?) Cuestionó sus conceptos, sus principios, sus métodos. Se negó rotundamente la posibilidad de dejar algo al azar, al indefinible accionar de la providencia, hasta la última letra debería emanar racionalidad, erudición, arte, vida. No entregarse completamente al simbolismo, entonar valientemente la lírica, no exagerar en la descripción, acariciar el amor, el odio, la desidia, la muerte. Su obra debería filosofar, sentir, pensar, entorpecer, perder, enredar, confundir y salvar.
La primera palabra: Nada. Escribió diez páginas de un golpe, y llegó a la primera palabra: nada. Estaba perdido, desolado, no se le ocurría nada… o sí, se le ocurrían muchas cosas: la suavidad de una mejilla, la brillantez de una muela, el rumor del viento luchando por entrar a su habitación; pero claro, nada lo suficientemente digno o valeroso para hacer parte de la espléndida creación. Todo fútil, banal e irracional. Se sumió en la desesperación. Salió.
Vagó durante días por las calles, buscando inspiración, buscando algún suceso digno de ser narrado, alguna sensación privilegiada, algún milagro secreto.
Primero vio un rayo de sol mientras era atrapado por un cristal, maniatado, despedazado, hasta que por fin logró salir, ya hecho jirones, aturdido y convertido en arco iris. –Esto es lo que andaba buscando- pensó. Trato de tomar ese glorioso momento, analizarlo, plasmarlo en las palabras correctas, estudiarlo y canalizarlo, se esforzó, pensó y pensó, sin lograr exprimir ni una gota de la esencia del pequeño pedazo de sol. Decepcionado, se dio por vencido y siguió caminando.
Al rato vio cruzar un anciano por su lado, un hombre pequeño, jorobado, con pelo blanco como la nieve y con un bastón en su mano derecha. Sin prestar mayor atención siguió su camino, y se cruzó con un anciano, un hombre pequeño, jorobado, con pelo blanco como la nieve y con un bastón en su mano derecha. Sorprendido, creyéndose víctima de algún embrujo, buscó con la mirada al primer anciano. Allí estaba, dos metros por delante del segundo, se detuvo a esperar a su compañero y le dijo algunas palabras ininteligibles.
-Esto sí es curioso- se dijo el escritor para sí. ¡De este evento afortunado podrían escribirse capítulos enteros! Trató de interiorizar la situación, estudió las variables literarias que podría utilizar, un encuentro, un espejo, todo un problema mental, un sueño, una pesadilla. Derrotado, descubrió que no se le ocurría nada. Defraudado, buscó el camino a casa.
A punto de llegar a su buhardilla, escuchó un rumor, casi un suspiro. Se inclinó y vio un pequeño pájaro, una avecilla sobre el suelo, embarrada y al parecer muy lastimada. Se agachó a su lado y la levantó suavemente, observó sus plumas, su pico, sus alas retorcidas… estaba muriendo. Detalló cada parte de su cuerpo, escuchó sus dulces y a la vez macabros quejidos. La llevó a su pecho y la arrulló, justo en el instante en que sintió su último latido, acompañado de su último respiro. El escritor no pudo más que emocionarse, el destino le daba otra oportunidad, otra increíble posibilidad de enriquecer su obra maestra.
Pensó. Trató de imaginar la tristeza que debe inundar el alma cuando se siente un ave morir en su pecho (no se dio cuenta que estaba tan obsesionado con su literatura que ni siquiera había lamentado sinceramente el deceso del pequeño zuro). Se esforzó por describir los lamentos, la muerte rozando su cuerpo, el viento enrarecido de los pulmones del animal. No pudo.
Con lágrimas en los ojos (no por el ave, sino por su creación literaria) el escritor entró corriendo a la casa, ajustó la puerta y se echó a llorar. No entendía qué estaba haciendo mal, porqué las palabras no le salían, porqué lo sometía la mezquindad, el aroma de lo preconcebido, la inutilidad.
Perdió la cabeza, bloqueó puerta y ventanas, y se dedicó a escribir su infecunda obra, desesperado e iracundo. Pasó allí días, semanas, meses, nadie sabe exactamente cuánto tiempo. Sus restos fueron encontrados dos años después, putrefactos y carcomidos, tumbado sobre la mesa de escritura una tarde de octubre, lluviosa, incesante, pálida y desconcertante.
Sobre la mesa se hallaron diez páginas que alguna vez contuvieron el inicio de una obra maestra, pero que ahora sólo eran diez páginas indescifrables, tachadas al parecer en un arrebato de cólera, y a su lado una nota escrita sobre la madera: “Que sería del hombre si el tiempo que pierde pensando, lo aprovechara sintiendo”
Nada que ver con el paseo "Lucho Hernández"
Acabo de llegar de pasar unos días de viaje en Silvania, un municipio que queda a más o menos una hora de Bogotá, saliendo por el sur. Silvana es un pueblito pequeño, de unos 30.000 habitantes y la verdad ninguna atracción turística, salvo para servir de desayunadero o almorzadero para los que van de viaje… Y no lo digo de manera despectiva, de hecho me estresan los lugares con gran afluencia de público y me fastidian las grandes atracciones construidas por el hombre.
Bueno, el caso es que Silvana pasaría totalmente desapercibido para la escena turística bogotana sino fuera por un detalle: muy cerca, a dos kilómetros de distancia, se encuentran las instalaciones del “Club Campestre El Bosque”, un exclusivo paraje destinado a la recreación de la media-alta sociedad, y digo media alta porque no es que allí se reúna la élite que controla el país (o al menos no creo) pero los socios pertenecen a lo que podríamos denominar algo socarronamente “la pequeña burguesía”.
Fui invitado a pasar el fin de semana en dichos lugares por un familiar que hace parte de ciertos círculos sociales, no influyentes pero sí de dinero, y fui entusiasmado porque suelo encontrar mucha inspiración en la naturaleza, pues me permite pensar mucho y se me ocurren las mejores ideas. Empaqué muy pocas cosas, sabía que no iría a nadar (más conocido por el popular “pisciniar”) así que sólo empaqué alguna ropa y un cuaderno para escribir (porque sí tenía pensado escribir mucho).
Un fin de semana totalmente improductivo desde el punto de vista de la escritura (no me atrevo a decir literatura, es una palabra bastante pesada para mis letras). No sé cómo explicarlo, pero en medio de tanto árbol y flor no me salían las palabras, mi mente estaba encerrada.
Voy a ponerlo de este modo: Es cierto, muchos árboles, flores, aves, insectos, pero… toda “naturaleza domesticada”, maniatada, esclavizada. Arcos de vegetación rodeando caminos de concreto, raíces contenidas para que no estropeen las carreteras, hermosas flores adornando los jardines de un supermercado, de una cancha de tenis, de un campo de equitación. Era muy triste ver ese espectáculo, el triunfo del hombre sobre la naturaleza, el dominio de sus fuerzas, de su espíritu.
Eso me bajó mucho el ánimo, por lo cual no escribí nada digno de publicar, así que por ahora la siguiente entrada del blog está en veremos.
Para concluir, otras reflexiones que me dejó el viaje:
- Existe, cuenta la leyenda, una especie de árbol llamado por los que lo conocen “Pedro Hernández”, al cual se le debe mucho respeto y cada vez que se pasa por su lado hay que saludarlo con una reverencia… si no quieres que se enoje. Trataré de investigar más a fondo el asunto, después les contaré.
Bueno, el caso es que Silvana pasaría totalmente desapercibido para la escena turística bogotana sino fuera por un detalle: muy cerca, a dos kilómetros de distancia, se encuentran las instalaciones del “Club Campestre El Bosque”, un exclusivo paraje destinado a la recreación de la media-alta sociedad, y digo media alta porque no es que allí se reúna la élite que controla el país (o al menos no creo) pero los socios pertenecen a lo que podríamos denominar algo socarronamente “la pequeña burguesía”.
Fui invitado a pasar el fin de semana en dichos lugares por un familiar que hace parte de ciertos círculos sociales, no influyentes pero sí de dinero, y fui entusiasmado porque suelo encontrar mucha inspiración en la naturaleza, pues me permite pensar mucho y se me ocurren las mejores ideas. Empaqué muy pocas cosas, sabía que no iría a nadar (más conocido por el popular “pisciniar”) así que sólo empaqué alguna ropa y un cuaderno para escribir (porque sí tenía pensado escribir mucho).
Un fin de semana totalmente improductivo desde el punto de vista de la escritura (no me atrevo a decir literatura, es una palabra bastante pesada para mis letras). No sé cómo explicarlo, pero en medio de tanto árbol y flor no me salían las palabras, mi mente estaba encerrada.
Voy a ponerlo de este modo: Es cierto, muchos árboles, flores, aves, insectos, pero… toda “naturaleza domesticada”, maniatada, esclavizada. Arcos de vegetación rodeando caminos de concreto, raíces contenidas para que no estropeen las carreteras, hermosas flores adornando los jardines de un supermercado, de una cancha de tenis, de un campo de equitación. Era muy triste ver ese espectáculo, el triunfo del hombre sobre la naturaleza, el dominio de sus fuerzas, de su espíritu.
Eso me bajó mucho el ánimo, por lo cual no escribí nada digno de publicar, así que por ahora la siguiente entrada del blog está en veremos.
Para concluir, otras reflexiones que me dejó el viaje:
- Existe, cuenta la leyenda, una especie de árbol llamado por los que lo conocen “Pedro Hernández”, al cual se le debe mucho respeto y cada vez que se pasa por su lado hay que saludarlo con una reverencia… si no quieres que se enoje. Trataré de investigar más a fondo el asunto, después les contaré.
- Las arepuelas van mejor solas que en sopa (qué cosas tan raras se inventan los cocineros!)
- Por último pero no menos importante, he de dar un agradecimiento muy especial a quienes dejaron de este viaje algo digno de recordar: un grupo de teatro de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, realmente maravilloso…. Jaja.. la Distrital y la Nacional, infiltradas en el Club el Bosque ¡los estamos invadiendo!! (Que viva la Universidad Pública!!!!)
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Enlodando a los frailes místicos
“Zonas áridas y semiáridas de Colombia”. Leo el título sobre el estante y trato de contener la risa (al fin y al cabo respeto la solemnidad de las bibliotecas). Aún no encuentro las palabras apropiadas para iniciar esta entrada, y creo que el saber que cualquier persona puede leer este escrito ejerce algo de presión sobre mí… como siempre, el “qué dirán”.
Ese puede ser un buen tema: cómo el miedo a la crítica de los demás modula nuestra conducta. Pero no… tampoco quiero limitar estas palabras a un tema determinado, sería como encadenar un deseo, amarrar un sueño.
En este mismo momento tengo ganas de sentarme en el suelo, pero recuerdo que ésta no es la Biblioteca Central de la Universidad Nacional… ¡Qué paradoja! En una biblioteca puedes liberar tu mente, pero tienes que moderar tu cuerpo. Maniqueísmo, siempre el problema de los opuestos, lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, la virtud y el pecado.
La sociedad occidental está plagada de estas divisiones, siempre satanizando o divinizando, sin tonos grises, sin crítica. ¿Pero qué sé yo de la “sociedad occidental”? ¿Cómo puedo hablar de ese algo etéreo, inasible, inexplicable? Imposible. Mejor hablar de lo que conozco: la sociedad colombiana… no, demasiado pretensioso, mejor: la sociedad bogotana.
Vivimos rodeados de una constante y creciente polarización y subestimación de las ideas, la satanización de lo diferente. Un ambiente hipócrita que exalta la nacionalidad, la libertad y la democracia, pero donde pertenecer a tal o cual partido es una herejía, donde el disenso es propio de apátridas, y donde la cotidianidad se vive en medio de millones de seres humanos adormilados, enfrascados en una burbuja de plata, iluminados por una falsa ilusión, engañados y sostenidos en una “mátrix” que no les permite vislumbrar su realidad. Me encantan las películas de los hermanos Wachowsky precisamente por el otro lado que descubren, la complejidad, la resistencia a los conceptos hegemónicos y homogenizantes, el rescate de la esencia de la vida, el placer, el disfrutar y el gozar.
Hablando de eso, una anécdota: desde que leí en el colegio un libro llamado “El lugar de los leones” (de cuyo autor no me acuerdo), siempre he querido ver el monte Kilimanjaro, la imponente figura del coloso que brota entre las ardientes llanuras africanas, cortando con su presencia el cielo y la tierra, y en la cima… ¡Nieve! Debe ser un espectáculo abrumador, de esos que te encogen el corazón. Pero ay! Ante cada cosa hermosa del mundo el ser humano tiene un antídoto eficaz, ahora es la crisis ambiental la que tiene las nieves perpetuas del Kilimanjaro en segura vía de extinción… ¡Que tristeza! Nos estamos conduciendo hacia nuestra propia destrucción, arrasando con todo a nuestro paso (“la humanidad es un virus”, otra vez los Wachowsky) en una carrera desenfrenada y estúpida contra un acantilado sin fondo (siempre me ha impactado el video de “Do The Evolution” de Pearl Jam, toda una oda a nuestra irracional historia).
Ese puede ser un buen tema: cómo el miedo a la crítica de los demás modula nuestra conducta. Pero no… tampoco quiero limitar estas palabras a un tema determinado, sería como encadenar un deseo, amarrar un sueño.
En este mismo momento tengo ganas de sentarme en el suelo, pero recuerdo que ésta no es la Biblioteca Central de la Universidad Nacional… ¡Qué paradoja! En una biblioteca puedes liberar tu mente, pero tienes que moderar tu cuerpo. Maniqueísmo, siempre el problema de los opuestos, lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, la virtud y el pecado.
La sociedad occidental está plagada de estas divisiones, siempre satanizando o divinizando, sin tonos grises, sin crítica. ¿Pero qué sé yo de la “sociedad occidental”? ¿Cómo puedo hablar de ese algo etéreo, inasible, inexplicable? Imposible. Mejor hablar de lo que conozco: la sociedad colombiana… no, demasiado pretensioso, mejor: la sociedad bogotana.
Vivimos rodeados de una constante y creciente polarización y subestimación de las ideas, la satanización de lo diferente. Un ambiente hipócrita que exalta la nacionalidad, la libertad y la democracia, pero donde pertenecer a tal o cual partido es una herejía, donde el disenso es propio de apátridas, y donde la cotidianidad se vive en medio de millones de seres humanos adormilados, enfrascados en una burbuja de plata, iluminados por una falsa ilusión, engañados y sostenidos en una “mátrix” que no les permite vislumbrar su realidad. Me encantan las películas de los hermanos Wachowsky precisamente por el otro lado que descubren, la complejidad, la resistencia a los conceptos hegemónicos y homogenizantes, el rescate de la esencia de la vida, el placer, el disfrutar y el gozar.
Hablando de eso, una anécdota: desde que leí en el colegio un libro llamado “El lugar de los leones” (de cuyo autor no me acuerdo), siempre he querido ver el monte Kilimanjaro, la imponente figura del coloso que brota entre las ardientes llanuras africanas, cortando con su presencia el cielo y la tierra, y en la cima… ¡Nieve! Debe ser un espectáculo abrumador, de esos que te encogen el corazón. Pero ay! Ante cada cosa hermosa del mundo el ser humano tiene un antídoto eficaz, ahora es la crisis ambiental la que tiene las nieves perpetuas del Kilimanjaro en segura vía de extinción… ¡Que tristeza! Nos estamos conduciendo hacia nuestra propia destrucción, arrasando con todo a nuestro paso (“la humanidad es un virus”, otra vez los Wachowsky) en una carrera desenfrenada y estúpida contra un acantilado sin fondo (siempre me ha impactado el video de “Do The Evolution” de Pearl Jam, toda una oda a nuestra irracional historia).
En fin… ya para concluir, para mí (y con esto quiero decir que es mi verdad, y como tal no quiero imponerla a los demás), son las luchas por la diferencia, por la reivindicación de la locura y la maldad, y por el rescate de la esencia de la humanidad (que no se aparta en nada de la esencia de la naturaleza), las que le dan fuerza a una existencia que parece no tener sentido, y las que nos ayudan a cargar con la insoportable levedad del ser.
Hoy no quiero preguntarte nada querido lector, si has llegado hasta aquí después de tanta palabrería barata, sería una contradicción querer limitar un posible comentario dentro de los marcos de un interrogante…
Próximas entregas: He pensado en redactar una pequeña y mediocre crítica al formalismo jurídico (después de todo un estudiante de derecho tiene que hablar de derecho) y mi propia teoría – visión del fútbol, espero poder realizar ambos proyectos. Ahh, y prometo dejar un poco de lado el trascendentalismo existencial
domingo
Los minutos y los pájaros
Una mañana de domingo como cualquier otra (aunque sabemos que ninguna mañana es como cualquier otra) decidí quedarme a desgastar los minutos acostado en mi cama. Estando en esta noble actividad me di cuenta de que estaba terminando una semana más, y sin saber porqué comencé a hacer un recuento de lo sucedido durante los seis días anteriores.
La pequeña travesía comenzó en la tarde del martes, pues del lunes no recordé nada significativo y la mañana del martes no trajo ningún sobresalto. Lentamente traté de rememorar los sucesos, buscando algo especial, algo excepcional que hubiera dotado aquellos días del dulce sabor de la existencia. Nada. Con un gran esfuerzo indagué en el miércoles, exprimí el jueves e interrogué al viernes, sin encontrar mayor cosa. Hallándome ya presa de una explicable desesperación rogué al sábado por un alivio, pero me sonrió socarronamente mientras rechazaba mi petición.
En ese instante comprendí que había dejado ir intacta una semana de mi vida, y la resignación se transformó en amargura, en tristeza por aquellos días a los que no les brindé nada, aquellos días que me abandonaron con una larga mirada de lástima.
Me explico: no es que durante esa semana no haya hecho en efecto absolutamente nada. Sí, fui a mis acostumbradas clases de derecho, asistí a un irrisible trabajo de dos horas diarias, leí algunas palabras de un pensador danés del siglo XIX… ¿Y? Aquella semana estuvo totalmente ausente de acontecimientos memorables.
¿Qué es un acontecimiento memorable? No estoy hablando de una gran noticia, un hecho heroico o histórico… al fin y al cabo ¿Cuál es el porcentaje de personas en el mundo que alguna vez en su vida es protagonista de una noticia? No. Para mí un acontecimiento memorable no se reduce a las banalidades de la publicidad y las concepciones mayoritarias de éxito y superación personal, un acontecimiento digno de recordar va más allá de las apariencias y las ocupaciones, más allá del bien y del mal, supera tus marcos normales de existencia y enaltece tu subjetividad.
Y es que en ocasiones un cinco en un examen puede ser muy satisfactorio, pero ni siquiera puede asemejar la catarata de sensaciones que te arrollan cuando sin esperarlo tus ojos se encuentran con los de ella en una mirada furtiva. ¿Hace cuánto que no robas un beso, regalas una flor, admiras el vuelo de un pájaro, te tomas un espacio para sentir la lluvia acariciar tu rostro, o le dices a un amigo que lo quieres?
Hoy te invito precisamente a tomarte un respiro, a salir del la lógica de la sociedad mayoritaria (que de “lógica” no tiene nada), y gozar de las grandes cosas de la vida (que nos han vendido como “las pequeñas cosas”), y a no dejar que en tu vida, como dice Mafalda, lo urgente quite tiempo para lo importante.
Para despedirme te pregunto: ¿Cuál fue tu gran acontecimiento memorable de la semana?
La pequeña travesía comenzó en la tarde del martes, pues del lunes no recordé nada significativo y la mañana del martes no trajo ningún sobresalto. Lentamente traté de rememorar los sucesos, buscando algo especial, algo excepcional que hubiera dotado aquellos días del dulce sabor de la existencia. Nada. Con un gran esfuerzo indagué en el miércoles, exprimí el jueves e interrogué al viernes, sin encontrar mayor cosa. Hallándome ya presa de una explicable desesperación rogué al sábado por un alivio, pero me sonrió socarronamente mientras rechazaba mi petición.
En ese instante comprendí que había dejado ir intacta una semana de mi vida, y la resignación se transformó en amargura, en tristeza por aquellos días a los que no les brindé nada, aquellos días que me abandonaron con una larga mirada de lástima.
Me explico: no es que durante esa semana no haya hecho en efecto absolutamente nada. Sí, fui a mis acostumbradas clases de derecho, asistí a un irrisible trabajo de dos horas diarias, leí algunas palabras de un pensador danés del siglo XIX… ¿Y? Aquella semana estuvo totalmente ausente de acontecimientos memorables.
¿Qué es un acontecimiento memorable? No estoy hablando de una gran noticia, un hecho heroico o histórico… al fin y al cabo ¿Cuál es el porcentaje de personas en el mundo que alguna vez en su vida es protagonista de una noticia? No. Para mí un acontecimiento memorable no se reduce a las banalidades de la publicidad y las concepciones mayoritarias de éxito y superación personal, un acontecimiento digno de recordar va más allá de las apariencias y las ocupaciones, más allá del bien y del mal, supera tus marcos normales de existencia y enaltece tu subjetividad.
Y es que en ocasiones un cinco en un examen puede ser muy satisfactorio, pero ni siquiera puede asemejar la catarata de sensaciones que te arrollan cuando sin esperarlo tus ojos se encuentran con los de ella en una mirada furtiva. ¿Hace cuánto que no robas un beso, regalas una flor, admiras el vuelo de un pájaro, te tomas un espacio para sentir la lluvia acariciar tu rostro, o le dices a un amigo que lo quieres?
Hoy te invito precisamente a tomarte un respiro, a salir del la lógica de la sociedad mayoritaria (que de “lógica” no tiene nada), y gozar de las grandes cosas de la vida (que nos han vendido como “las pequeñas cosas”), y a no dejar que en tu vida, como dice Mafalda, lo urgente quite tiempo para lo importante.
Para despedirme te pregunto: ¿Cuál fue tu gran acontecimiento memorable de la semana?
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