lunes

Nada que ver con el paseo "Lucho Hernández"

Acabo de llegar de pasar unos días de viaje en Silvania, un municipio que queda a más o menos una hora de Bogotá, saliendo por el sur. Silvana es un pueblito pequeño, de unos 30.000 habitantes y la verdad ninguna atracción turística, salvo para servir de desayunadero o almorzadero para los que van de viaje… Y no lo digo de manera despectiva, de hecho me estresan los lugares con gran afluencia de público y me fastidian las grandes atracciones construidas por el hombre.

Bueno, el caso es que Silvana pasaría totalmente desapercibido para la escena turística bogotana sino fuera por un detalle: muy cerca, a dos kilómetros de distancia, se encuentran las instalaciones del “Club Campestre El Bosque”, un exclusivo paraje destinado a la recreación de la media-alta sociedad, y digo media alta porque no es que allí se reúna la élite que controla el país (o al menos no creo) pero los socios pertenecen a lo que podríamos denominar algo socarronamente “la pequeña burguesía”.

Fui invitado a pasar el fin de semana en dichos lugares por un familiar que hace parte de ciertos círculos sociales, no influyentes pero sí de dinero, y fui entusiasmado porque suelo encontrar mucha inspiración en la naturaleza, pues me permite pensar mucho y se me ocurren las mejores ideas. Empaqué muy pocas cosas, sabía que no iría a nadar (más conocido por el popular “pisciniar”) así que sólo empaqué alguna ropa y un cuaderno para escribir (porque sí tenía pensado escribir mucho).

Un fin de semana totalmente improductivo desde el punto de vista de la escritura (no me atrevo a decir literatura, es una palabra bastante pesada para mis letras). No sé cómo explicarlo, pero en medio de tanto árbol y flor no me salían las palabras, mi mente estaba encerrada.

Voy a ponerlo de este modo: Es cierto, muchos árboles, flores, aves, insectos, pero… toda “naturaleza domesticada”, maniatada, esclavizada. Arcos de vegetación rodeando caminos de concreto, raíces contenidas para que no estropeen las carreteras, hermosas flores adornando los jardines de un supermercado, de una cancha de tenis, de un campo de equitación. Era muy triste ver ese espectáculo, el triunfo del hombre sobre la naturaleza, el dominio de sus fuerzas, de su espíritu.

Eso me bajó mucho el ánimo, por lo cual no escribí nada digno de publicar, así que por ahora la siguiente entrada del blog está en veremos.

Para concluir, otras reflexiones que me dejó el viaje:

- Existe, cuenta la leyenda, una especie de árbol llamado por los que lo conocen “Pedro Hernández”, al cual se le debe mucho respeto y cada vez que se pasa por su lado hay que saludarlo con una reverencia… si no quieres que se enoje. Trataré de investigar más a fondo el asunto, después les contaré.

- Las arepuelas van mejor solas que en sopa (qué cosas tan raras se inventan los cocineros!)

- Por último pero no menos importante, he de dar un agradecimiento muy especial a quienes dejaron de este viaje algo digno de recordar: un grupo de teatro de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, realmente maravilloso…. Jaja.. la Distrital y la Nacional, infiltradas en el Club el Bosque ¡los estamos invadiendo!! (Que viva la Universidad Pública!!!!)

1 comentario:

Juliette dijo...

:D

1. Que viva la U, infiltrando los círculos de poder así sea vacacionando, si señor!!! jajajaja

2. Lástima que no halla sido un paseo "Lucho Hernández" personal, ¿cierto que está haciendo falta? (y pues tenemos un mes, jajaja, tiempo pero no mucho dinero)

3. Y ahora lo importante sobre lo q escribes: a estas alturas del desarrollo de nuestra sociedad en el mundo, la única manera de sintonizarse con la naturaleza es irse a la selva o a villa de leyva: las ciudades consumen desde la naturaleza hasta nuestros espíritus.