"Puede ser que haya otro mundo dentro de éste, pero no lo encontraremos
recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas,
recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas,
no lo encontraremos ni en la atrofia ni en la hipertrofia.
Ese mundo no existe, hay que crearlo como el fénix."
Julio Cortázar
El escritor vivía en un vecindario tranquilo de una ciudad cualquiera de un país cualquiera (¿En realidad importa precisarlo?), rodeado de calabozos de papel, sueños embalsamados, alegrías encriptadas y suntuosas alegorías. Su cabeza era el hogar de criaturas fantásticas, de extraños parajes de mundos sin descubrir, de letras ansiosas de escapar de las anclas que las ataban a los libros.
Un día cualquiera, después de cientos de escritos, novelas y cuentos, teatro y ensayos, una infinidad de pequeñas victorias, decidió crear su obra maestra. La síntesis de su vida, el compendio total de su ideología, sus sueños y sus tristezas. La gran obra literaria que plasmaría su espíritu creador, aquella maravilla para la que había sido concebido… Su verdadera justificación.
El tomar la decisión no fue nada sencillo: se preguntaba si habría alcanzado la madurez para iniciar tan titánica tarea, si sería capaz de hacer que su pluma venciera todos los obstáculos, las limitaciones y laberintos que lo alejaban de ella. Se empecinó en buscar la perfección, la completitud y la ilimitación de su obra.
Empezó una tarde de octubre, lluviosa, incesante, pálida y desconcertante. Una tarde así era la indicada, era perfecta, era su musa hecha tiempo, transformada en nubes, en gotas, en viento.
Silencio… se enclaustró en su habitación por horas… (¿O días, semanas, meses?) Cuestionó sus conceptos, sus principios, sus métodos. Se negó rotundamente la posibilidad de dejar algo al azar, al indefinible accionar de la providencia, hasta la última letra debería emanar racionalidad, erudición, arte, vida. No entregarse completamente al simbolismo, entonar valientemente la lírica, no exagerar en la descripción, acariciar el amor, el odio, la desidia, la muerte. Su obra debería filosofar, sentir, pensar, entorpecer, perder, enredar, confundir y salvar.
La primera palabra: Nada. Escribió diez páginas de un golpe, y llegó a la primera palabra: nada. Estaba perdido, desolado, no se le ocurría nada… o sí, se le ocurrían muchas cosas: la suavidad de una mejilla, la brillantez de una muela, el rumor del viento luchando por entrar a su habitación; pero claro, nada lo suficientemente digno o valeroso para hacer parte de la espléndida creación. Todo fútil, banal e irracional. Se sumió en la desesperación. Salió.
Vagó durante días por las calles, buscando inspiración, buscando algún suceso digno de ser narrado, alguna sensación privilegiada, algún milagro secreto.
Primero vio un rayo de sol mientras era atrapado por un cristal, maniatado, despedazado, hasta que por fin logró salir, ya hecho jirones, aturdido y convertido en arco iris. –Esto es lo que andaba buscando- pensó. Trato de tomar ese glorioso momento, analizarlo, plasmarlo en las palabras correctas, estudiarlo y canalizarlo, se esforzó, pensó y pensó, sin lograr exprimir ni una gota de la esencia del pequeño pedazo de sol. Decepcionado, se dio por vencido y siguió caminando.
Al rato vio cruzar un anciano por su lado, un hombre pequeño, jorobado, con pelo blanco como la nieve y con un bastón en su mano derecha. Sin prestar mayor atención siguió su camino, y se cruzó con un anciano, un hombre pequeño, jorobado, con pelo blanco como la nieve y con un bastón en su mano derecha. Sorprendido, creyéndose víctima de algún embrujo, buscó con la mirada al primer anciano. Allí estaba, dos metros por delante del segundo, se detuvo a esperar a su compañero y le dijo algunas palabras ininteligibles.
-Esto sí es curioso- se dijo el escritor para sí. ¡De este evento afortunado podrían escribirse capítulos enteros! Trató de interiorizar la situación, estudió las variables literarias que podría utilizar, un encuentro, un espejo, todo un problema mental, un sueño, una pesadilla. Derrotado, descubrió que no se le ocurría nada. Defraudado, buscó el camino a casa.
A punto de llegar a su buhardilla, escuchó un rumor, casi un suspiro. Se inclinó y vio un pequeño pájaro, una avecilla sobre el suelo, embarrada y al parecer muy lastimada. Se agachó a su lado y la levantó suavemente, observó sus plumas, su pico, sus alas retorcidas… estaba muriendo. Detalló cada parte de su cuerpo, escuchó sus dulces y a la vez macabros quejidos. La llevó a su pecho y la arrulló, justo en el instante en que sintió su último latido, acompañado de su último respiro. El escritor no pudo más que emocionarse, el destino le daba otra oportunidad, otra increíble posibilidad de enriquecer su obra maestra.
Pensó. Trató de imaginar la tristeza que debe inundar el alma cuando se siente un ave morir en su pecho (no se dio cuenta que estaba tan obsesionado con su literatura que ni siquiera había lamentado sinceramente el deceso del pequeño zuro). Se esforzó por describir los lamentos, la muerte rozando su cuerpo, el viento enrarecido de los pulmones del animal. No pudo.
Con lágrimas en los ojos (no por el ave, sino por su creación literaria) el escritor entró corriendo a la casa, ajustó la puerta y se echó a llorar. No entendía qué estaba haciendo mal, porqué las palabras no le salían, porqué lo sometía la mezquindad, el aroma de lo preconcebido, la inutilidad.
Perdió la cabeza, bloqueó puerta y ventanas, y se dedicó a escribir su infecunda obra, desesperado e iracundo. Pasó allí días, semanas, meses, nadie sabe exactamente cuánto tiempo. Sus restos fueron encontrados dos años después, putrefactos y carcomidos, tumbado sobre la mesa de escritura una tarde de octubre, lluviosa, incesante, pálida y desconcertante.
Sobre la mesa se hallaron diez páginas que alguna vez contuvieron el inicio de una obra maestra, pero que ahora sólo eran diez páginas indescifrables, tachadas al parecer en un arrebato de cólera, y a su lado una nota escrita sobre la madera: “Que sería del hombre si el tiempo que pierde pensando, lo aprovechara sintiendo”
El tomar la decisión no fue nada sencillo: se preguntaba si habría alcanzado la madurez para iniciar tan titánica tarea, si sería capaz de hacer que su pluma venciera todos los obstáculos, las limitaciones y laberintos que lo alejaban de ella. Se empecinó en buscar la perfección, la completitud y la ilimitación de su obra.
Empezó una tarde de octubre, lluviosa, incesante, pálida y desconcertante. Una tarde así era la indicada, era perfecta, era su musa hecha tiempo, transformada en nubes, en gotas, en viento.
Silencio… se enclaustró en su habitación por horas… (¿O días, semanas, meses?) Cuestionó sus conceptos, sus principios, sus métodos. Se negó rotundamente la posibilidad de dejar algo al azar, al indefinible accionar de la providencia, hasta la última letra debería emanar racionalidad, erudición, arte, vida. No entregarse completamente al simbolismo, entonar valientemente la lírica, no exagerar en la descripción, acariciar el amor, el odio, la desidia, la muerte. Su obra debería filosofar, sentir, pensar, entorpecer, perder, enredar, confundir y salvar.
La primera palabra: Nada. Escribió diez páginas de un golpe, y llegó a la primera palabra: nada. Estaba perdido, desolado, no se le ocurría nada… o sí, se le ocurrían muchas cosas: la suavidad de una mejilla, la brillantez de una muela, el rumor del viento luchando por entrar a su habitación; pero claro, nada lo suficientemente digno o valeroso para hacer parte de la espléndida creación. Todo fútil, banal e irracional. Se sumió en la desesperación. Salió.
Vagó durante días por las calles, buscando inspiración, buscando algún suceso digno de ser narrado, alguna sensación privilegiada, algún milagro secreto.
Primero vio un rayo de sol mientras era atrapado por un cristal, maniatado, despedazado, hasta que por fin logró salir, ya hecho jirones, aturdido y convertido en arco iris. –Esto es lo que andaba buscando- pensó. Trato de tomar ese glorioso momento, analizarlo, plasmarlo en las palabras correctas, estudiarlo y canalizarlo, se esforzó, pensó y pensó, sin lograr exprimir ni una gota de la esencia del pequeño pedazo de sol. Decepcionado, se dio por vencido y siguió caminando.
Al rato vio cruzar un anciano por su lado, un hombre pequeño, jorobado, con pelo blanco como la nieve y con un bastón en su mano derecha. Sin prestar mayor atención siguió su camino, y se cruzó con un anciano, un hombre pequeño, jorobado, con pelo blanco como la nieve y con un bastón en su mano derecha. Sorprendido, creyéndose víctima de algún embrujo, buscó con la mirada al primer anciano. Allí estaba, dos metros por delante del segundo, se detuvo a esperar a su compañero y le dijo algunas palabras ininteligibles.
-Esto sí es curioso- se dijo el escritor para sí. ¡De este evento afortunado podrían escribirse capítulos enteros! Trató de interiorizar la situación, estudió las variables literarias que podría utilizar, un encuentro, un espejo, todo un problema mental, un sueño, una pesadilla. Derrotado, descubrió que no se le ocurría nada. Defraudado, buscó el camino a casa.
A punto de llegar a su buhardilla, escuchó un rumor, casi un suspiro. Se inclinó y vio un pequeño pájaro, una avecilla sobre el suelo, embarrada y al parecer muy lastimada. Se agachó a su lado y la levantó suavemente, observó sus plumas, su pico, sus alas retorcidas… estaba muriendo. Detalló cada parte de su cuerpo, escuchó sus dulces y a la vez macabros quejidos. La llevó a su pecho y la arrulló, justo en el instante en que sintió su último latido, acompañado de su último respiro. El escritor no pudo más que emocionarse, el destino le daba otra oportunidad, otra increíble posibilidad de enriquecer su obra maestra.
Pensó. Trató de imaginar la tristeza que debe inundar el alma cuando se siente un ave morir en su pecho (no se dio cuenta que estaba tan obsesionado con su literatura que ni siquiera había lamentado sinceramente el deceso del pequeño zuro). Se esforzó por describir los lamentos, la muerte rozando su cuerpo, el viento enrarecido de los pulmones del animal. No pudo.
Con lágrimas en los ojos (no por el ave, sino por su creación literaria) el escritor entró corriendo a la casa, ajustó la puerta y se echó a llorar. No entendía qué estaba haciendo mal, porqué las palabras no le salían, porqué lo sometía la mezquindad, el aroma de lo preconcebido, la inutilidad.
Perdió la cabeza, bloqueó puerta y ventanas, y se dedicó a escribir su infecunda obra, desesperado e iracundo. Pasó allí días, semanas, meses, nadie sabe exactamente cuánto tiempo. Sus restos fueron encontrados dos años después, putrefactos y carcomidos, tumbado sobre la mesa de escritura una tarde de octubre, lluviosa, incesante, pálida y desconcertante.
Sobre la mesa se hallaron diez páginas que alguna vez contuvieron el inicio de una obra maestra, pero que ahora sólo eran diez páginas indescifrables, tachadas al parecer en un arrebato de cólera, y a su lado una nota escrita sobre la madera: “Que sería del hombre si el tiempo que pierde pensando, lo aprovechara sintiendo”
2 comentarios:
Se liberado el cautivo,
por fin la gracia de la palabra se dignó a terminar su infierno.
no sé como es que te va en derecho, pero me imagino que excelente...
Aún así, por lo que leo, sé que serías un perfecto escritor, de lo mejor :).
Me encanta tu estilo, en serio !
Qué bueno fue encontrarte, aunque no sé como sucedió jaja.
Hblamos!
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